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Su hijo no es nada llorón

Su hijo no es nada llorón. ¿Cómo que no, si se pasa el día llorando? Los niños pequeños, es cierto, lloran más a menudo que los adultos y por eso solemos decir que los niños son llorones. ¿Y si resulta que, simplemente, tienen más motivos para llorar? “Es que lloran sin motivo”, me dirá usted. “Lloran por cualquier tontería”. Lloran según la edad, porque se les cae una torre de piezas de construcción, porque no les compramos un helado, porque les llevamos al médico, porque nos vamos cinco minutos, porque no encuentran la teta a la primera, porque les cambiamos el pañal, porque les secamos el pelo… Ningún adulto lloraría por esas cosas, desde luego.

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¿Y por qué lloraría usted? Haga un experimento: siente a su hijo de uno o dos años y dígale las cosas más tristes que se le ocurran: “Te van a hacer una inspección de hacienda”. “Te han despedido del trabajo”. “Te están saliendo unas patas de gallo espantosas”. “Tu equipo de fútbol baja a segunda…”No llorará. Las cosas que nos hacen llorar a los niños y a los adultos son totalmente distintas.

Entre las cosas que con más frecuencia hacen llorar a un niño:

-Separarse dos minutos de su madre

-Intentar hacer algo que no le sale

-Notar algo raro y no saber qué es

-Necesitar algo y no saber cómo conseguirlo

Todas ellas son cosas, para su desgracia, que pueden ocurrir (y ocurren) varias veces al día. En cambio, las cosas que nos hacen llorar a los mayores ocurren solo de tarde en tarde. Por eso parece que somos menos llorones, pero no es cierto. Si nuestro equipo bajase a segunda varias veces al día, si nos despidiesen del trabajo cada mañana, si se muriesen cada día varios de nuestros mejores amigos, nos pasaríamos también el día llorando.

Extracto del libro Bésame Mucho. La guía definitiva para criar a tus hijos con amor. Carlos González

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El parto natural que me sirvió de inspiración

No perdí el miedo al parto ni de un día para otro, ni por arte magia. Fue a raíz de conocer historias de alumbramientos fascinantes. Madres que han dado a luz a sus hijos como el mayor de los milagros, con entereza, naturalidad, templanza y sobre todo mucho amor. Hoy quería compartir con vosotros uno de los videos que más me ha inspirado para traer a Mateo a este mundo desde lo más profundo de mi corazón. Y no solo quiero dedicárselo a las mamás y futuras mamás, sino también a todos aquellos hijos que deseen recordar el valor que tuvieron sus madres para poder ser quiénes son ahora.

 

Dormimos con nuestro bebé porque nos encanta

Antes de que naciera Mateo teníamos mil dudas sobre cómo afrontar su llegada.¿Lactancia materna o biberón?, ¿necesitará habitación propia?, ¿habrá que dejarle llorar para no “malcriarle”? Básicamente todas nuestras preguntas giraban en torno a crianza con apego, si o no. Una cosa teníamos clara, dormiríamos con él en nuestra cama. Aún no teníamos ni idea del máster intensivo que nos esperaba, plagado de palabras rarísimas dignas de incluir en un diccionario específico para padres primerizos. Cuando nos empezamos a informar cae en nuestras manos la palabra colecho. Cuánto más sabemos sobre ella, más nos seduce. Sólo unas precauciones, los padres han de ser no fumadores, no deben consumir drogas ni alcohol, ni ser obesos. En cuanto a la cama, no debe ser de agua, y preferiblemente no usar nórdicos. Perfecto, no hay problema. Antes de que naciera ya decíamos, ¿te imaginas cuando Mateo esté aquí, en nuestra cama? Y el día llegó. Incluso antes de llegar a casa, en el hospital, yo sentí unas ganas inmensas de dormir junto a él, y así hicimos. En casa fue aún mejor. ¡Ya podíamos dormir los tres juntos! Por supuesto, el colecho es tan viable como la cuna y tan viable como una minicuna en la habitación de los papás, pero nosotros elegimos colecho porque:

1. Favorece la lactancia materna. En primer lugar, la hormona encargada de la producción de leche, o lo que es lo mismo, el nivel de prolactina, es más alto, por lo que el bebé encuentra más alimento, y al estar cerca de mamá, come con más frecuencia. Además, es comodísimo. No tenemos que despertarnos para calentar biberones. Al principio, Mateo lloraba y yo le ayudaba a engancharse al pecho. Ahora ni eso. Me da unos toquecitos con sus manitas, me giro, y él comienza a mamar. Muchas veces casi ni me entero, y por supuesto no me desvelo. Él no llega a llorar porque me tiene cerca, y dormimos mejor.

2. Siempre nos despertamos de buen humor. Hemos pasado una buena noche. Mateo duerme unas 10 horas,  papá ni se entera de las tomas, y yo sólo tengo que girarme para que coma. Aprovechamos el descanso al máximo.

3. Porque nos gusta despertarnos con su olor. Desde que llegó Mateo, nuestra casa huele diferente, huele a bebé, huele a vida. Despertarse junto a él, es lo mejor del mundo.

4. Mateo llora menos. No le hace falta. Tiene a sus papás cerca. Mamá le da de comer con solo tocarla. Está calentito junto a nosotros. Se siente querido. ¿Qué más puede pedir?. Hay padres que dicen, yo le enseñé a dormir en la cuna desde pequeñito, al principio lloraba, pero le dejaba allí, y ya ha aprendido que no hay que llorar. No creo que haya dejado de necesitar a sus padres. Un bebé tan pequeño es súper dependiente de ellos. No creo que haya aprendido a estar sin ellos. Lo que ha aprendido es a no gastar energía con sus llantos, porque aunque les necesite, y les llame llorando, -su única manera de expresión-, ellos no vendrán.

5. Estamos más tranquilos. En una ocasión una matrona de un hospital me dijo que si estaba loca por dormir con mi bebé, que si no había oído hablar de la muerte súbita del lactante. Personalmente estoy muy tranquila porque se que no voy a aplastar a mi bebé, del mismo modo que nunca me he caido de la cama. Cuando duermo, aunque esté descansando, soy plenamente consiciente de dónde estoy, y de con quién estoy. Se que Mateo está a mi lado, jamás invado su espacio. Pero no solo eso, se que si duerme con nosotros está más seguro. Si se atraganta estoy cerca para ayudarle, si vomita le incorporo, si siento sus pies fríos, le arropo.

6. Porque disfrutamos el presente. Ni he contado el número de veces que ya me han dicho, “ya verás, luego no le podrás sacar de la cama. Cuánto antes aprenda, mejor.” Aún no conozco ningún adulto que no duerma en su cama porque de pequeño no le hayan enseñado. De momento sólo tiene 4 meses. Dormirá en su cuna cuando haya llegado el momento.

6. Porque hemos sabido acomodarnos a las circunstancias. Los primeros días, Mateo dormía entre papá y mamá. Pero papá no descansaba bien, y además, de un día para otro nosotros nos sentíamos demasiado lejos. Encontramos la solución. Un protector de cama. Ahora dormimos de izquierda a derecha, y por este orden, protector de cama, Mateo, yo y papá. Papá puede disfrutar más de Mateo, pues después de un largo día de trabajo, muchas veces apenas está con él. Nosotros seguimos estando cerca. Mateo tiene todo lo que necesita. Papá y mamá también. El día tiene muchas horas como para ceñir la intimidad de una pareja a justo antes de dormir.

7. Pero la verdad, que cuando alguien me mira con cara de “eres una malcriadora en potencia”, o  “vaya irresponsable por dormir con tu hijo”, no me apetece explicar todos estos motivos, así que se lo resumo en pocas palabras, dormimos con Mateo porque nos encanta.

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Tu nacimiento, Mateo

Desde pequeñita soñaba con algún día ser madre. Eso sí, decía que adoptaría a mis hijos, pues siempre he tenido un miedo terrible al parto. Historias horribles, llenas de dolor y sufrimiento llenaban mi cabeza. Hace un año me quedé embarazada, y conforme fue avanzando el periodo de gestación, mis fantasmas se fueron esfumando. Por supuesto no fue arte de magia. Una buena praparación al parto, una matrona que me inspira paz y confianza y la lectura de relatos de mujeres fuertes y valientes que dan a luz como el mayor de los milagros, hicieron el resto. Hoy, quiero ser como ellas, y compartir con vosotros el día más feliz de mi vida. El día de:

Tu nacimiento, Mateo

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El último mes se hizo interminable, teníamos unas ganas locas de conocerte. Se convirtió en rutina empezar con contracciones después de cenar, que cesaban al par de horas. Cuando paraban las molestias pensábamos, otro día más sin ver tu carita. Al amanecer, siempre la misma pregunta: ¿será hoy…? Cuando nos metemos en la cama la madrugada del 26 de abril, no imaginamos que, al fin, hoy sería el gran día. Es viernes, y a la 1 de la madrugada, rendidos, nos metemos en la cama. Tu papá se queda dormido y yo empiezo con contracciones, suaves, similares a las de unos días atrás. No me alarmo. Pienso que no son más que las que me dan cada noche, así que intento relajarme. Pero esta vez es diferente. Imposible dormir, no tanto por las molestias, sino porque algo me dice que estás cada vez más cerca. Siento constantemente muchas ganas de orinar, por los nervios y porque tu cabecita cada vez hace más presión sobre mi vientre. A las 3.30 decido despertar a papá, estoy muy inquieta. A él le sorprende que le despierte, e inmediatamente me dice: Cariño, ¡hoy es el día, estamos de parto! Le digo, “ojalá”. Aún no podía creer sus palabras. 9 meses esperándote y, ¿al fin sería hoy el día? No podíamos estar más felices. Nos abrazamos y repetimos nuestra frase: “Todo va a salir bien”. Aún así, incrédula, nos ponemos a contar las contracciones. Me sorprendo al saber que son muy rítmicas y frecuentes. Cada 5 minutos y cada vez más intensas. Papá y yo nos miramos, sonreímos y le pido que vaya sacando la pelota de pìlates, que esta vez va enserio. Me siento en la pelota y controlo el dolor según me enseñaron en las clases de preparación al parto. Mientras, papá me graba en video para tener un recuerdo de este momento tan grandioso. Nuestra intención es permanecer en casa el mayor tiempo posible, a la luz de las velas, con nuestra música y disfrutando en la intimidad de este precioso momento, pero de repente, voy al servicio y veo sangre que sale de dentro de mí. Me asusto y le pido a papá que vayamos urgentemente al hospital. No me gusta la sangre y creo que algo va mal. Nos montamos en el coche. Suena la banda sonora de Titanic que tantas veces había escuchado pensando en cómo sería tu llegada. Papá me tranquiliza: “todo va a salir bien.” Le digo que nos demos prisa porque no me gusta la sangre. Las contracciones en el coche ya son bastante intensas, y papá sube la música en cada una de ellas. Cada vez que cesan, sonreímos. “¡¡Qué cerca estás Mateo!!”. Llegamos al Hospital Clínico a las 5.30am. Lo primero que digo es, creo que estoy de parto y estoy sangrando, así que mírenme rápido, por favor. Enseguida me atienden y me dicen, tranquila, estás de parto, y la sangre es porque has expulsado el tapón mucoso, es completamente normal. -¡vaya, de haberlo sabido nos hubiéramos quedado más tiempo en casa! Se me fisura un poco la bolsa, pero como tengo contracciones muy frecuentes, no hace falta inducir. Me hacen la primera exploración, y me dicen, has dilatado más de 3 cm., si quieres te ponemos ya la epidural. Y pienso, ¿ya? Si esto no ha hecho más que empezar. Aún puedo aguantar mucho, y necesito saber que se siente. Nos trasladan a una habitación de dilatación, les pedimos la pelota de pilates y esperamos pacientemente. Mediante un monitor podemos escuchar el corazón de Mateo y además vemos como mis contracciones se van haciendo más y más intensas. Sentada en la pelota me recuesto sobre tu padre. Se siente orgulloso de mí, y eso me hace sentirme fuerte, muy fuerte. Entre contracción y contracción intento recordar otros relatos de nacimientos que había leído en el blog de Amanda. Me recuerdan que yo también soy fuerte, que puedo conseguirlo. Me siento con ánimo, incluso privilegiada por estar dando paso a nueva vida que está saliendo desde lo más profundo de mi ser. Papá no se cansa de decirme lo orgulloso que está de mi, lo bien que lo estoy haciendo. Cuento hasta 10 y se acaba la contracción. A la espera de la siguiente, seguimos grabando y haciendo fotos para tener siempre presentes este gran momento. Me encuentro bien y eso que el dolor cada vez es más profundo. Ahora ya no solo me duele el bajo vientre, también la parte baja de la espalda y siento cómo ligeramente mis caderas se van abriendo. Cada contracción, es una menos, unos minutos menos para verte, al fin, mi niño. Entra de nuevo una matrona, y me dice que ya he dilatado 7 cm. Son las 9.30 de la mañana. Me sorprendo a mí misma, y aunque sé que puedo aguantar un poco más, el parto está cerca y no quiero llegar sin epidural. Además, me dicen que avise con tiempo porque hay que ir llamando al anestesista. Le digo que le vayan avisando. Llega en media hora y me llevan a quirófano para pincharme. Me separo de papá unos segundos, y noto que sin él, me siento más débil. Dos anestesias locales, un catéter, y tres contracciones muy potentes después, llega la epidural. Me llevan de nuevo con papá, vuelvo a estar tranquila. La epidural poco a poco empieza a hacer efecto. Ya no siento nada de dolor, apenas un poco de presión en la tripa, aunque tengo movilidad en las piernas y los pies. El ritmo de las contracciones no disminuye, todo va bien. Son las 11 y ya he dilatado los 10 cm. Le digo a papá, ¡qué fácil, ya está, en nada veremos a Mateo! Entra una matrona y me dice, no tan deprisa, tu bebé está muy arriba, hay que empujar. Yo no siento ganas de empujar, pero sigo sus indicaciones. Boca arriba, de lado, me dicen que empuje como si tuviera un globo en la boca que no quiero inflar. Papá empuja y sopla conmigo, me agarra fuerte la mano. Así pasan 3 horas, y me dicen que Mateo sigue muy arriba, que en breve “hay que resolver”. Llevo muchas horas empujando y a Mateo le empieza a faltar oxígeno. Empiezo a notar que el efecto de la epidural se está yendo, y ante la incertidumbre de llegar a quirófano, para resolver, pido la epidural insistentemente. No quiero llegar a paritorio sin anestesia. Me dicen que está con otra parturienta y que vendrá lo antes posible. Yo cada vez siento las contracciones más fuertes. Enseguida llega otra matrona, tenemos que ir a paritorio ya. Una vez allí, tumbada en la camilla, noto que papá no está conmigo. Entonces me pongo muy nerviosa. No entiendo que pasa, y allí no paran de entrar médicos “por si acaso”. Estaban todos, menos el anestesista, y yo me sentía muy sola sin tu papá. Me empiezo a descontrolar y me dicen que estoy empujando mal, que como siga así, instrumental o cesárea, que aún no saben. Del anestesista, ni rastro. Le vuelven a llamar. Dice que viene en 5 minutos. Me agobia el quirófano. Mucha luz, muchos instrumentos, muchas voces decidiendo como “resolver”. Me pongo a gritar por primera vez. Ya no sirven mis respiraciones, estoy fuera de mí. En el pasillo, tu padre grita con firmeza palabras de ánimo. “Venga amor, puedes hacerlo”. Le oigo, y me pregunto por qué no le dejan pasar. Algo está yendo mal. Lo más difícil había ido tan bien…¿Qué estaba pasando? Les pido que no me toquen hasta que no llegue el anestesista. Me dicen que mientras, me van lavando la zona. Echan agua fría y me quejo. “¿Sientes el agua fría?, entonces no tienes nada de anestesia.” Al fin llega el esperado anestesista. Me aplica más epidural en la vía, y me dicen, ya está, ahora sí hay que actuar. Pero la epidural tarda en hacer efecto unos 15-20 min. Así que me resigno, no hay opción, hay que “resolver” sin anestesia. Entonces veo unas grandes pinzas y escucho la palabra fórceps. Me desespero y comienzo de nuevo a gritar. Me dicen que aguante que será rápido. Y es verdad, fue rápido. Solo 15 minutos después de haber entrado en el paritorio Mateo asoma su cabecita. Son las 14.50, te oigo llorar, estás llenito de sangre y muy, muy caliente. Te ponen sobre mi pecho. Llaman a papá para que pase y corta el cordón umbilical. Respiras por primera vez. ¡Al fin estamos los tres juntos! Nos ponemos a llorar. Papá tenía razón “todo ha salido bien.” Mateo está encima de mí y con su pequeña manita aprieta fuerte el dedo de papá. Ya nada nunca podrá separarnos. Entonces me doy cuenta de que absolutamente todo, ha merecido la pena. Habría hecho esto por ti, una y mil veces.

(26 de Abril de 2014)1175059_643690039043302_2532989599836427272_n